Entre Tampax, Panties y Suicidios



En el texto de Jeffrey Eugenides, hay un pasaje especial que devela lo posmoderno de tan magnífica obra:
Sólo un chico había entrado en la casa: Peter Sissen, que había ayudado al señor Lisbon a instalar la ma­queta del sistema solar en la clase, a cambio de lo cual una noche fue invitado a cenar. Peter contó que las muchachas le habían estado pegando continuamente puntapiés por debajo de la mesa y que, como éstos le llegaban de todas direcciones, le habría sido imposible decir quién se los propinaba. Lo escrutaban con sus ojos azules y enfebrecidos y le sonreían con aquellos dientes suyos tan juntos, que constituían el único ras­go de las niñas Lisbon que no alcanzaba la perfección total. Bonnie fue la única que no dedicó a Peter Sissen miradas furtivas ni puntapiés. Se limitó a bendecir la mesa y a comer en silencio, sumida en el religioso fer­vor de los quince años. Al levantarse de la mesa, Peter Sissen pidió permiso para ir al cuarto de baño y como Therese y Mary estaban en el de la planta baja y de él salían risitas y comentarios en voz baja, tuvo que ir al de la planta superior. Después nos contaría que los dormitorios estaban llenos de bragas arrugadas, de animales de peluche apañuscados por los apasionados abrazos de las chicas; nos dijo también que había visto un crucifijo del que colgaba un sostén, habitaciones brumosas y camas con dosel, y que había percibido los efluvios de tantas chicas juntas en trance de convertir­se en mujeres confinadas en un espacio exiguo. Ya en el cuarto de baño, mientras dejaba correr el agua del grifo para enmascarar los ruidos de su registro, Peter Sissen dio con el secreto escondrijo en el que Mary Lisbon guardaba sus cosméticos, metidos en un calce­tín atado debajo del lavabo: barras de carmín y aquella segunda piel que constituían el colorete y los polvos, aparte de la cera para depilar, que sirvió para infor­marnos de que la chica tenía bozo aunque nunca se lo hubiéramos visto. En realidad, ignoramos a quién per­tenecían los cosméticos que vio Peter Sissen hasta que dos semanas más tarde encontramos a Mary Lisbon en el malecón con los labios con una tonalidad carmesí que encajaba exactamente con la que nos había descri­to Peter. El muchacho hizo un inventario de desodorantes, perfumes y esponjas ásperas para eliminar pieles muertas, pero lo que más nos sorprendió fue que no descubriera ninguna ducha en toda la casa, porque nos figurábamos que las chicas se duchaban todas las no­ches, con la misma regularidad con que alguien se lava los dientes. Con todo, nos recuperamos en seguida de nuestra decepción cuando Sissen nos habló de un des­cubrimiento que había hecho y que superaba con cre­ces nuestras más locas fantasías. En la papelera había encontrado un Tampax manchado con los jugos inte­riores todavía frescos de alguna de las hermanas Lis­bon. Sissen añadió que casi había estado tentado de traérnoslo, que no era una cosa asquerosa sino bella, que había que verlo porque parecía una pintura mo­derna o algo así, e incluso dijo que había contado doce cajas de Tampax en el armario. Pero en aquel momen­to Lux llamó a la puerta y preguntó que si se había muerto o qué y entonces él había tenido que ir co­rriendo a abrirle. Los cabellos de Lux, que durante la cena llevaba recogidos con un pasador, le caían ahora sueltos sobre los hombros. Pero la chica no entró en seguida en el cuarto de baño, sino que miró a Peter a los ojos, después se echó a reír con su risa de hiena y pasó junto a él diciendo:
—¿Tienes acaparado el baño o qué? Necesito una cosa. —Fue directamente al armario, pero se paró en se­guida y enlazó las manos a la espalda—. En privado, si no te importa —le dijo, mientras Peter Sissen bajaba a toda prisa los escalones, rojo como un pimiento y, después de dar las gracias al señor y a la señora Lis­bon, se lanzaba corriendo a la calle para poder contar­nos en seguida que a Lux Lisbon le estaba saliendo sangre de entre las piernas en aquel mismísimo mo­mento. Era cuando las moscas del pescado cubrían el cielo y ya se estaban encendiendo las farolas.


"Las Virgenes Suicidas"(The Virgin Suicides, 1999, Zoetrope) sigue siendo el primer escalón en la brillante escalera de Sofia Coppola, quien logra transladar casi todo lo permisible de la eficacia narrativa de Eugenides en su acetato: la mortecina luz del verano a través de la luz de las hojas de los moribundos olmos de aquella calle de Michigan, la nostágica música softrock propia de los setenta (10CC, Hollies, Todd Rundgreen, Al Green, Gilbert O' Sullivan, Styx, etc.) enlazada con la vibrafónica del grupo francés Air, la delirante visión de las hermanas Lisbon y el frígido americanismo de una familia americana post-60, narrado por la tranquilizante voz de Giovanni Ribisi. Se deja disfrutar una y otra vez.

0 comentarios: